Friday, November 20, 2009

Passport

Tiré mi pasaporte al zafacón y tomé un taxi.

“Lléveme al centro de la ciudad.” Le dije al chofer mientras bajaba la ventanilla.

“¿Quiere que prenda el aire? Yo lo prendo si uté quiere."

“No, ‘ta bien yo ‘toy bien así.” Le contesté cortando las palabras para que no sospechara que venía de fuera.

“¿Uté vino sin maletas?” Me preguntó descuidando la autopista por un instante.

“No, yo ‘taba dejando a mi hermana.”

“Uté parece que viaja...” Agregó enérgicamente el chofer de vientre abultado y camiseta desmangada.

“Jaja, ojalá yo viajar, estos trapitos que llevo puestos me lo trajo mi hermana cuando vino.”

“Ah, yo creía. Pero yo no se lo dije por la ropa nada má, uté también tiene ese colorcito que trae la gente de p’allá, la gente que trabaja con aire acondicionado o cogiendo el friíto en los países, además uté carga encima un olorcito a Nueva York.” Sonreí y pensé en lo bien que se siente regresar y encontrarse con gente como esta, fresca y preguntona.

“¿A qué dirección lo llevo?”

“Déjame frente al parque Duarte.”

“¿A esta hora? ¿Uté no cree que e’ muy temprano? Los otros días atracaron a una muchacha buenamoza que acaba de llegar de los países. Los tígueres le mocharon la melena rubia con el filo de una botella, le quitaron la cartera, el celular y to’ las prendas que llevaba arriba. Ella fue dichosa que no la agarraron y la violaron ahí mismo. Uté sabe lo que e’ eso, nadie ayudó a la pobre muchacha, el que cuida la tienda de ropa de la esquina dique no vio nada, el pendejo ese parece que se quedó dormido abrazando la ecopeta... ¿Uté ta seguro que quiere ir p’allá?”

“Sí, no se preocupe, yo vivo por ahí mimo.” Le respondí tranquilamente, el chofer no pareció creerme, mi vestimenta me desmentía.

Llegamos al parque, las campanas de la iglesia sonaron seis veces. El chofer, por primera vez en todo el viaje se mantuvo en silencio, esperando que le pagara.

“¿Cuánto le debo?” Le pregunté, dejando entredicho que no tenía idea de lo que se mueve en esta ciudad.

“Tri jondre pesos.” Me contestó el moreno en inglés, y no pude contener mi risa. Las ocurrencias de mi gente nunca dejan de sorprenderme. En ese momento recordé que había olvidado que sólo tenía dólares en mi billetera, le pasé un billete de veinte, le di las gracias y salí del auto. Cuando iba a cerrar la puerta el chofer viró la cara y me dijo con seriedad que en Nueva York le dan propina a los taxistas.

“Usted lo ha dicho, en Nueva York.” Cerré la puerta, di unos cuantos pasos y miré hacia arriba, para ver el campanario de la iglesia y el cielo rojizo.

En ese momento escuché el aleteo de un grupo de palomas y el ruido que hacen los portones de la iglesia cuando los arrastran hacia adentro. De ésta salió un hombre con un uniforme verde y escobillón en manos. De inmediato se puso a barrer la entrada y todo el polvo se lo echaba encima a una pareja que dormía descalza y abrazada bajo cartones.

Me senté en una banca del parque, hacía una brisita fresca, de pronto vi pasar frente a mí a dos caballos flacos, estos tiraban de una carreta cargada de tinacos de leche. A uno de los tinacos se le había caído la tapa de aluminio, de éste se veía la leche saltar y derramarse un poco. Un señor delgado, de piel tostada y barba blanca iba al frente sujetando las riendas y pegándole con una varita a sus bestias.

Luego vi pasar una motocicleta cargada de fundas de pan. De repente sentí mi estómago gruñir, recordé en ese instante lo mala que estaba la comida del avión.

El aire olía a pan, supuse que había una panadería cerca. Se me aguaba la boca sólo de imaginarme saboreando esa masa caliente y fresca.

(Continuará)

Tuesday, October 6, 2009

Fragmentado

Sabía que perdía mi tiempo allí, pero decidí quedarme. Le había encontrado cierto gusto a mirarme reflejado en el espejo emborrachándome como perro. Aún me quedaba dinero para darme un jumo biónico de esos que borran toda la cinta.

Me sentía poderoso sujetando ese vaso de whisky frío y amargo. El bartender me atendía con desdén y se tardaba más de la cuenta con la devuelta. Torcía la boca cada vez que veía un dólar sobre el mostrador. Me resultaba placentero rascarme la barba dura y asquerosa que me oscurecía la cara. Esta, al igual que mis ojeras y ojos rojos me daba un look depravado.

Esa noche que esperaba como tonto sentado sobre el taburete, ninguna de las chicas se atrevía a hablarme. Quizás los tres días que llevaba sin bañarme tenían algo que ver con eso. Como no me dirigían la palabra yo me les acercaba y empezaba las conversaciones más absurdas e incómodas que me podía imaginar, hasta fui capaz de preguntarle a una si le gustaba por detrás. Es admirable el valor que uno adquiere cuando ya no importa nada. Confieso que hallaba una deliciosa satisfacción al ver como mi tufo cortante y mis estupideces exorbitantes las ahuyentaban.

Ese bar Irlandés en el que estaba, se lo recomiendo a todos los idiotas como yo. Con todas esas luces tenues que tiene el lugar es difícil que vean a uno llorar y con esos animales disecados que adornan cada rincón, termina uno sintiéndose como en casa. Ah, se me olvidaba decir que para uno sentirse más inútil y poco hombre, sólo tenía que visitar el bar en las noches de verano, para ver esas blanquitas que suelen ignorar a los pendejos como yo con muchísimo gusto, para observar de cerca a esas malvadas que se ponen unos vestidos cortititos, sin panties y mandan a uno derechito al baño. Te cuento que en estos meses solo, he perfeccionado el arte de la paja, me masturbo como todo un campeón.

Mirándome en el espejo se me iba el tiempo, envejecía y moría sin darme cuenta. Esa noche como todas las noches me hacías mucha falta, pero a ti eso qué te importa, el mundo siempre giró entorno a ti. Ahora, estás donde querías estar, entre un grupo de gente que persiguen metas parecidas a las tuyas, hacerse ricos o casarse con alguien con dinero. Andas rodeada de personas a quienes nunca le importarás, ya que no eres parte de su círculo, te falta mucho refinamiento.

No serás feliz, esa persona que te hará sentir como esperas no existe aún, pides demasiado y entregas de ti muy poco por no decir: casi nada. Eres extremadamente egoista y ambiciosa, con un corazón duro que late en un pecho que desconoce la sensibilidad. Jamás había conocido un animal más insatisfecho, avaricioso, calculador, insensible e infeliz que tú. Sólo quiero que sepas que cada viernes regreso al bar que te conocí, a ese mismo lugar alegre donde me extirpaste de tu vida. Como un imbécil programado, vuelvo y lo hago más fragmentado y abatido que las tierras de Afghanistan, inexplicablemente regreso con unas ganas inmensas de volverte a ver.


*****

Friday, August 28, 2009

El Timbre

Sobre mi cama descansaba mi escopeta caliente y la bolsa negra que contenía el dinero y los viales de coca. Procedí a asegurar todas las puertas y persianas.

Mi mamá y Yayi al sentirme llegar salieron corriendo de la cocina.

“Aquí no se ha hecho compras, no hay de na, ni huevos ni leche ni arroz ni salami ni aceite…” Le quité el nudo a la bolsa y sin ver, le eché manos a un fajo de dinero. Se lo pasé a mi madre y vi como de inmediato se le engrandecieron los ojos.

“¿Esto es todo?”

“Sí.”

“Parece que se te olvida to’ lo que aquí hay que comprar. ¡Déjame ver cuánto hay en la funda!” Agarré la bolsa y la apreté junto a mi pecho.

“Mami, sólo tenían veinte mil.”

“Tienes que darme más, mis dolaritos no dan pa' na. Aquí hacen falta muchas cosas, el radio se dañó, el televisor ese se ve muy feo en esa sala, hay que comprarse uno de esos que tienen pantalla plana, hay una filtración en el techo que hay que arreglar y también hay que cambiar los muebles de la sala, están muy viejos.”

“Tú estás pidiendo mucho mami, tú quieres que te lo de todo.”

"No seas malagradecido. Yo fui la que te dio ese tamaño. Sin la ayuda de nadie. Esos son chelitos comparado con todo lo que yo he gastado en ti..." Nos quedamos callados por unos segundos hasta que Yayí rompió el silencio.

“¿Y a mí? ¿Cuánto me vas a dar?”

“Yo a ti te di un viaje e' cuarto' la semana pasada. ¿Qué lo hiciste?”

“¡Cómo que qué lo hice! No viste que tuve que comprar ropa. Estaba desnuda, en ese closet mío sólo tenía trapos, hasta vergüenza me daba salir a la calle vestida con lo que tenía.”

“¿Y para qué quieres más dinero?”

“¿Cómo que pa’ qué? La universidad empieza en Agosto y tengo que pagarla, además necesito comprarme unos aretitos y tener algo guardado para alguna emergencia, por si se presenta alguna fiesta o salida por ahí, tú sabes.”

Saqué otro fajo de billetes y se lo coloqué sobre su palma abierta. Yayi no lucía satisfecha, se quedó esperando más, entonces medio enojado saqué cuatro paquetes de la bolsa y le di dos a cada una. Ninguna me dio las gracias. Ambas se fueron contentas a sus aposentos.

Me senté a la orilla de mi cama y acaricié la escopeta. Ya estaba fría. Vacié el contenido de la funda, me recosté, sujeté dos fajos frente a mi nariz y respiré su primoroso aroma a nuevo. Volví a sentarme, agarré uno de los viales y lo esparcí sobre el cristal de mi mesita de noche. Tomé un billete de veinte dólares y lo utilicé para inhalar el exquisito polvo con gusto.

(Continuará)

Wednesday, August 26, 2009

El Asomo (Quinta Parte)

Al pequeño de pelo canoso no le pesaba el cuerpo al bailar, esto cautivó de inmediato a Betania a quien no le molestaba tener las manos duras del Cintrón paseándose por su espalda o jugando con su pelo lacio y negro.

La mejilla tierna de Betty se adhería a la cara áspera del pequeño de pies ligeros. Gradualmente se unieron sus cuerpos hasta bailar bachata como es debido. Un apretón de glúteos ante la vista de todos hizo que la humillación de Apolinar le penetrara como una daga, éste se pasó la mano por la cara se puso de pies y se sentó lejos de la pista, junto al borracho.

Sin que nadie lo percibiera, Poli se apoderó del puñal del embalado, se lo escondió bajo la camisa y caminó lentamente hacia el frente. Los hermanos Cintrón seguían distraídos, tomando y observando al pequeño besar a Betania.

“A ella le gutan los morenito.” Dijo uno de ellos, la lengua ya le pesaba.

Los bailadores seguían dándose besos salvajes, de esos que producen largas hilachas de baba y dejan los labios hinchados, hacían todo esto olvidándose del mundo que los rodeaba, bailando como si la música hubiese sido escrita para ellos y ese momento. Todo esto Apolinar lo observaba y lo procesaba con la sangre burbujeando dentro de sus venas. (Aunque nunca fue más que un amigo, se sentía el más cabrón del planeta.)

De pronto, en el umbral de la puerta aparecieron Doña Tata y Don Pepe. Súbitamente, el cantinero notó la cintura abultada de Poli. Al ver su cara arrebatada decidió volarse lentamente el mostrador para desarmarlo. El policía colocó su oreja derecha sobre la mesa y se durmió. Apolinar lo observó de reojo y desenvainó su puñal. Doña tata lanzó un grito desesperado, el baile se interrumpió y los borrachos se despertaron.

La luz se fue otra vez. El cantinero tropezó con unas sillas y se cayó. Se rompieron unas botellas, se escuchó el choque de mesas y sillas. Un lamento hondo silenció todos los ruidos. Un silencio frío se esparció en el aire. Apareció de repente la lucecita de un fósforo. El cantinero prendió una lamparita de gas y se acercó despacia al centro de la pista. Doña Tata y Betania yacían abrazadas e inmóviles en el suelo. Sus pechos estaban teñidos de rojo. Apolinar estaba tumbado boca arriba. El puñal ensangrentado descansaba sobre su mano abierta. La muerte se le asomó a Doña Tata.

***

Tuesday, August 25, 2009

El Asomo (Cuarta Parte)

Después de tres bachatas, Betania regresó a su mesa. La luz se fue y de pronto se escuchó un lamento colectivo. Al poco rato se oyó el roce de un fósforo.

La llama parpadeante de una lampara de trementina iluminaba el establecimiento. Betty sorbía despacio un poco de Coca Cola caliente, al mismo tiempo, Apolinar pegado del pico de su botella de ron, se aseguraba de tomarse el fondito que le quedaba. Cuando terminó de tomar, miró a Betty a la cara y dejó escapar una sonrisa libidinosa. Su enojo por lo del policía había desaparecido con el alcohol. Con cierta torpeza, tomó la fina mano de su acompañante y la besó babosamente.

Inesperadamente, quince minutos más tarde, la energía eléctrica regresó y fue recibida con aplausos y bulla. Nadie se había ido, aun tenían esperanzas de seguir tomando y bailando, sus ganas ocultas de que la electricidad le diera de nuevo vida al bar fueron misteriosamente satisfechas.

Tan pronto se escuchó música en los altavoces, Apolinar se puso de pies.

“Baila conmigo chiquita.” Le dijo Poli a Betty, mientras la miraba con ojitos pícaros y lascivos.

“¡No!” Respondió Betania con fuerza, haciendo que su acompañante se sentara amorrado en su silla. Los Cintrón, expertos en la provocación, al ver lo acontecido, se rieron a carcajadas, haciendo que de inmediato la sangre de Apolinar hirviese.

El borracho de la esquina dejó su puñal sobre la mesa y aprovechó el momento para sacar a bailar a la única dama del lugar. Lentamente, descalzo y andrajoso, llegó hacia ella.

Betania accedió, y se dejó guiar hacia el centro de la pista por esa mano velluda y callosa. Bailaron una canción mientras que Apolinar con la cara enrojecida apretaba los dientes. Los hermanos Cintrón observaban desde su mesa y no podían aguantarse la risa.

El borracho entregó a la bailarina y le dio las gracias a Poli, quien se quedó callado, mirándolo inquietamente. El hombre de manos callosas no se podía aguantar la alegría, caminó sobre vidrios rotos y ni cuenta se dio. Cuando iba llegando a su mesa, tropezó con una silla y cayó de pecho sobre el frío cemento pulido. Las carcajadas no se hicieron esperar. Uno de los hermanos Cintrón, se puso de pies, levantó del suelo al borracho y lo llevó a su mesa. Allí el hombre volvió a dormirse sobre su brazo extendido, al lado de su puñal.

El pequeño de los Cintrón aprovechó que ya estaba de pies y caminó hacia Betty, al mismo tiempo, el policia se abalanzó hacia ella y la tomó de la mano.

“Bailemos de nuevo.” Le dijo y al oir esto, Apolinar frunció la frente y apretó los dientes.

El pequeñuelo, con valor de hombre grande, tomó la otra mano y dijo:

“E' a mí, que me toca.” El policía se acomodó el pantalón y mostró de nuevo el pistolón. El pequeño, sin pensarlo dos veces, apretó la boca y le pegó una cachetada sólida, el policía dio media vuelta y cayó al suelo en donde permaneció sentado sobándose la cara.

(Continuará)

Saturday, August 1, 2009

El Asomo (Tercera Parte)

Doña Tata se echó fresco con la bata, levantó el mosquitero y se sentó a la orilla de su cama.
La luz parpadeante de la lampara de trementina le acariciaba la cara.

“Pepe, tengo miedo, la última vez que sentí estos dolores fue cuando María se me asomó, esa noche que ella sacudió el armario para avisarme que se iba.”

“Ay Tata, tú y tu cosas. Yo ‘taba durmiendo al lado tuyo y no sentí na’. Siempre sales con lo mimo. Cuando se murió tu mamá dijite que ella le quitó la tranca a la puerta y sacó pa’ fuera una silla pa’ sentarse a coger freco en la enramá, como ella hacía cuando venía a visitarte y que cuando tú papá quedó duro en su cama, vino y te dejó un paquete de café encima del fogón pa’ que se lo colaras como a él le gutaba, porque de sus hijas tú era la que se lo preparaba con más cariño. Lo bonito del caso es que lo dices convencida de que fueron ello. ¿Tú cree que un muerto va a pelder su tiempo haciendo esa cosas? Ya yo veo que tú ta perdiendo el juicio. ”

“Yo 'toy muy bien de mi juicio, esa no son ninguna cosas mía, eso me ha pasado de verdad. Allá tú si no me quiere creer. Yo no soy bruja, pero creo mucho en que ellos se comunican de alguna forma con nosotros, es que los pobrecito no se quieren ir sin antes decir adiós...”

“Ay ya, cámbiate mujer, pa’ salir a buscar a la niña.” Dijo Don Pepe, interrumpiendo así a su mujer.

(Continuará)

Saturday, June 20, 2009

El Asomo (Segunda Parte)

El viento coqueteaba con la puerta del bar. En la penumbra de una esquina, al lado de la vaina de un puñal, dormía con su cabeza sobre una mesa babeada, un borracho desdentado. Sobre un taburete, ante el cantinero, un policía recién ascendido descansaba su enorme y contento trasero.

Betania y Apolinar bailaban bachata, la separación de sus cuerpos era casi nula. Tres hermanos con camisas desabotonadas y cicatrices en sus cuerpos compartían dos botellas de ron y observaban abatidos como las tres mujeres menos serias del pueblo se marchaban del bar, acompañadas.

El vestidito amarillo de Betty combinaba con la mallita del Brugal de los Cintrón, éste se ceñía a su cuerpo y a la vista de los presentes, de manera sofocante. La pistola del policía descansaba fría sobre el mostrador. El cantinero, con su puñal abultándole un flanco de la camisa, colocó un Cubalibre al lado del cañón.

“Ya soy teniente, coño, que me hablen mielda ahora!” Dijo el oficial exaltado, mientras se acomodaba la barriga y levantaba su trago.

Betania seguía bailando con la misma energía de horas anteriores. El sudor la hacia resplandecer. Sus labios pintados transportaban a cualquiera a un lugar recóndito, habitado sólo por su boca. Poli disipaba la vista, miraba babeante el escote de Betty, éste le hacía sentir esa misma alegría que causa el presenciar el chapaleo de unos pechos mojados.

Bajo la mesa de los Cintrón, botellas rotas de la noche anterior le servían de barricadas a los ratones. Los tres no le quitaban la vista a la pareja que bailaba bajo la pobre luz de un bombillo. Deseaban con fuerzas tomar el lugar de Apolinar. No les quedaba de otra que matar su soledad con cada sorbido.

El policía volvió a enfundar su pistola, con su mano izquierda sobre el mango de ésta, interrumpió el baile y le pidio amablemente a Betania que bailara con él. Le susurró con una sonrisa pícara y con la boca babosa, que las canciones de Frank Reyes no las podía dejar pasar, y mucho menos si había una mujer bonita a su vera.

Apolinar de inmediato la haló de un brazo y la arrastró hacia su mesa.

“Tú no va’ bailal sin pedilme permiso, y esa falta de repeto?” Le dijo con autoridad.

Este comportamiento era de esperarse. Después de todo, él era quien venía comprándole Coca Colas frías desde temprano. Tenía todo el derecho del mundo, en su mente la había comprado. La cara de ella ser tornó roja. El borracho de la esquina se despertó. Tan pronto se percató de que el cantinero había detenido la música, empuñó su machete, se atentó la cartera y miró a todos los lados. Los tres hermanos sorbieron de sus vasos y sonrieron ante la escena. Betty se puso de pies, tomó la mano del policía y al oir el golpe de unos bongos, lo abrazó fuertemente. La canción "Princesa" inundó el aire del local.

(Continuará)

Friday, May 29, 2009

El Asomo

“¡Tata, deja el meneo, acaba de dolmilte de pol Dio’! Mañana, tengo que cogel temprano pa’ la viña.”

“Ay Pepe, e’ que siento unos puyazo’ en el pecho.”

“Cuidao si e’ un ataque que te va dal. Cámbiate y arranquemos pa’ la ciudad.”

“No, no e’ eso, e’ que la niña no ha llegado todavía. Ella a eta hora ya ‘ta arropá.”

“¿Niña? Ya son veintiocho mermejo' que tiene, esa no tiene hijos porque no le han hecho la diligencia.”

“Pa’ nosotra las madre’ los hijo’ no dejan nunca de ser niño’.”

“Por eso no ha conseguido marío ella, por tú ‘tarla añoñando tanto.”

“Ya empieza tú, ya empieza. ¡Es que se te olvida que tú le’ ha’ epantao to’ lo enamorao! ¿Te arrecuerda de lo que le hicite a Paco cuando vino a verla?”

“Había que epantarlo, ese muchacho e’ un burro, ni escribí su nombre sabe.”

“Má’ burro ere’ tú que le pusite’ tu’ bota’ jedionda’ en la cara pa’ que te dijera si jedían. Ademá' no era por bruto que te caía mal el muchacho, era por prieto.”

“No hablemo' má' deso, ya te dije, Betania se merece algo mejor.”

“E’ fácil decirlo, a ti parece que se te olvidó la llorá que dio esa muchacha. Ese era un muchachito bueno. Ella lo quería mucho.”

“¿Bueno? Ese e’ de lo que queman por debajo. Ese na’ má’ andaba en busca de una cosa... Si tú no me cree’ pregúntale a la yegua de Carmencita.”

“Ay, el pecho, ay, ay.” Mientras que Doña Tata se echaba fresco con la bata. Don Pepe se fue a la cocina y regresó sosteniendo un jarrito de agua.

“Ten, bébetela pa' la calol.” Ella sorbió despacio, respiró profundo y volvió a poner la espalda contra la cama caliente.

El señor Vásquez abrió la ventana y sintió como el fresco con olor a uva y el resplandor de la luna se apoderaron del aposento. Luego posó su mirada en las luces de la barra que brillaban a lo lejos y sintió como se deslizaban a través de sus tímpanos las notas de una bachata. Entonces respiró hondo, miró hacia atrás, vio a su mujer bocarriba, atrapada como insecto bajo una telaraña de nylon, y observó con ojos cansados las latas que sostenían la cama y el inmóvil cuerpo de su esposa.

(Continuará)

Thursday, May 28, 2009

Los Cadenuses

Pedro Juan, como todas las tardes se paseaba por la avenida St. Nicholas. Caminó por un buen rato dando saltitos de alegría, sus tenis nuevos le pintaban una sonrisa radiante. Su regocijo terminó cuando llegó a notar algo muy inusual: A todo el mundo a su alrededor le pendía del cuello una cadena de oro. Miguel el bodeguero tenía una de oro bien grueso, Juancito y José el taxista también con sus camisas desabotonadas mostraban las suyas. Los morenos en la esquina, tampoco se quedaron atrás, lucían las suyas con mucho estilo y elegancia, al igual que Yudelka, su perro y la recién nacida de Yolaidis.

El resplandor de todo este oro comenzó a mortificar a Pedro Juan quien sintió de inmediato una comezón por todo su cuerpo y unas ganas inmensas de tirar los tenis que había comprado el día anterior al río Hudson. Pedrito regresó a su casa y estrelló la puerta tras él, caminó hacia el baño, se miró en el espejo y se haló con vehemencia las greñas.

Recordó con rabia la burla de los que lo vieron sin cadena. Ante el espejo se sintió desnudo, fuera de sitio, opacado de la manera más vil. Nadie le había advertido que las cadenas estaban de moda, que los tenis caros eran cosa del pasado.

Todo esto lo acongojó, mucho más cuando revisó sus bolsillos y notó los adentros de su delgada billetera. Decidió ir de inmediato a la joyería de Papo y allí no pudo encontrar nada que valiera veinte dólares.

Con lágrimas en las mejillas volvió a su apartamento y lo recorrió, éste se hallaba vacío, en él sólo quedaba el monitor de una computadora y el microondas. Subió todo esto a un carrito y salió hacia la compraventa. Allá le dijeron que volviera al día siguiente, que iban a cerrar.

Como se pueden imaginar, Pedro Juan no pudo dormir. Al otro día en su cara quedó plasmada claramente su mala noche. No bien cantó el gallo del vivero, Pedro Juan estaba de pies, desde su ventana vio que abrían las puertas de la compraventa y de inmediato bajó con lo que iba a empeñar.

Pedrito se alegró con el dinero que le dieron. Tan pronto lo tuvo en sus manos, corrió hacia la joyería en donde con su pequeño presupuesto pudo comprarse una cadenita de catorce quilates, finísima, casi imperceptible.

Alegre, contento, silbando unos merengues de los ochentas, Pedro Juan se paseaba por St. Nicholas. Llevaba la camisa abierta, mostrando su pecho peludo y su prenda. Su entusiasmo no duró mucho. Nuevamente notó algo bastante inusual: Todo el mundo a su alrededor llevaba enredada al cuello una serpiente. Miguel, el bodeguero tenía una que le lamía con su lengua fina la oreja. Juancito y José ambos llevaban sobre sus hombros unas culebras oscuras y gruesas, dejando bien claro su estatus social, Yudelka y Yolaidis tampoco se quedaron atrás …